
Te giraste tan rápido que ni siquiera me di cuenta de que veía tus ojos por última vez. Fue todo tan fugaz que tus antiguas sonrisas me parecieron tan escasas y los paseos al sol tan breves que creí que no existieron también días azules.
No olvidaré las flores de tus botas, alejándose, y tu sombra perdiéndose tras las hiedras. Te seguí hasta el último momento. Pensé que me mirarías una última vez; cuando me quise dar cuenta, ya no estabas y yo solo esperaba la mirada del adios.
¡Jo! ¡Qué triste me sentí!
Más que un blues de Jeff Buckley, más que un soneto de Hernández, peor que un perro abandonado.
Ya no soy ese chico y me convertí en aquel hombre, sentado en el húmedo parque que espera en soliloquio el fugaz amanecer.
"¡Un día vi ponerse el sol cuarenta tres veces!
Y un poco más tarde añadiste:
-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.
-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste, ¿verdad?
Pero el Principito no respondió."
El Principito, capítulo VI.
A. de Sait-Exupéry



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