Erase una vez un leñador que fue contratado para talar un bosque, el primer día de trabajo se levantó muy temprano y fue con mucha ilusión a dicho bosque. Estuvo muy enérgico y al acabar la jornada consiguió derribar una veintena de robles. Muy satisfecho por la labor ejercida volvió a su casa después de una dura jornada de trabajo.
Al siguiente día volvió al trabajo con la idea de superar su marca de veinte árboles, pero por mucho que se esforzó, solo consiguió derribar quince. Estaré cansado- pensó el leñador- volveré mañana más reposado.
A la siguiente jornada se despertó un poco más tarde y por tanto más reposado, pero solo pudo tumbar doce robles. Y al cuarto día no logró talar más de cinco.
Preocupado por su situación, se lo comentó a su patrón. Éste sonrió: - Pero… ¿Desde cuándo no afilas tu hacha?
Lo más útil a veces es no hacer nada, solo tumbarte a ver pasar las nubes, encenderte otro cigarrillo y dejarte llevar, alejarte de los problemas y simplemente no pensar en nada. Es tan difícil eso pero es muy necesario, hay que afilar muy bien tu hacha si luego quieres derribar unos pocos de árboles.
viernes, 31 de julio de 2009
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